| Sol tocó, cantó y encantó |
| mundoclasico, Carlos Singer |
| 27/05/2010 |
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Fue terminar el ‘Allegro molto’ que cierra el Concierto para violonchelo de Haydn y el público del Mozarteum, por lo general bastante menos afecto que otros a exteriorizar de manera vehemente y espontánea sus emociones, estalló en una atronadora ovación, especialmente dirigida a Sol Gabetta, la solista de esta página.
No era para menos, Si toda la partitura había sido un dechado de virtudes en manos de nuestra artista cordobesa, en el fragmento final nos había apabullado con una impresionante demostración no sólo de virtuosismo, sino además de entrega, pasión y arrebatadora intensidad expresiva.
Sus dos intervenciones tuvieron el mismo altísimo nivel de eficiencia. En el desconocido pero muy agradable y refinado Concierto en re de Hofmann ya tuvimos amplia oportunidad para apreciar las cualidades que destacan a la intérprete: una absoluta perfección técnica, tanto en su mano izquierda -con la que consigue una afinación siempre justa, aún en el extremo más agudo del registro, desplazamientos vertiginosos o un vibrato de notoria calidez- como en la variedad de golpes de arco, tipos de ataques, calidad e intensidad de sonido o coherencia del legato que logra merced a su notable derecha.
Este Concierto en re es una acabada muestra del dominio que el autor tenía de las posibilidades mecánicas y expresivas del violonchelo, al que en ambos aspectos exige de manera exhaustiva. Arquetípico del ‘estilo galante’ tal como evolucionó a través de las reformas que impuso la escuela de Mannheim, fue objeto de una interpretación tan cuidadosa como equilibrada, donde a las virtudes de la solista -con un ‘Adagio un poco Andante’ que expuso con elocuencia y un ‘Allegro molto’ conclusivo para exhibir su agilidad y destreza- se aunó un fino trabajo del conjunto instrumental.
Mucha mayor celebridad tiene el Concierto en Do de Haydn, que le permitió a la agraciada solista volver a demostrar porqué ha alcanzado un sitio tan destacado, en el orden internacional, entre los intérpretes del violonchelo. Si el final concitó tanta admiración por la espectacularidad con que fue abordado, los dos primeros movimientos, ‘Moderato’ y ‘Adagio’ habían servido para que Sol brindara una verdadera clase magistral de musicalidad e identificación estilística.
Nuevamente aquí la Orquesta de Cámara de Basilea -que discretamente lidera el hermano de la solista, Andrés, desde su atril de concertino- tuvo un desempeño muy positivo, con gran calidad de sonido, un atrayente color en sus cuerdas, homogeneidad y ajuste, a lo que hay que añadir que se mueven con indudable conocimiento de los límites y requerimientos del clasicismo. En los dos conciertos, al grupo de cuerdas se unieron sendos pares de oboes y de trompas naturales, de inmaculada labor.
Dos páginas para cuerdas solas, ambas de Béla Bartók, abrieron cada una de las partes de la sesión. Para comenzar, se pudo gozar de una muy atinada lectura, plena de encanto, gracejo e idiosincrásica aproximación, de las famosas Danzas folclóricas rumanas.
Luego ofrecieron una pulcra y muy respetuosa versión de una obra de mucha mayor envergadura, el complejo Divertimento. Si bien todo estuvo más que correctamente expuesto (un leve despiste de un atril de violines en la parte central del primer movimiento pasó casi inadvertido) y hubieron logros aislados de valía -como el inicio del trágico 'Adagio' central, magistralmente presentado sin el menor vibrato, lo que le otorgó un carácter gélido a la vez que opresivo- la lectura que pudimos apreciar resultó un poco corta de vuelo, de verdadera implicación anímica, quizás por la tendencia del grupo de no querer asumir ciertos riesgos.
Ante los insistentes aplausos del público, el programa se prolongó con una obra que nos permitió apreciar una faceta desconocida de la artista, su grata y bien afinada voz, porque la obra que ella eligió para obsequiarnos fue ‘Dolcissimo’, la segunda de las dos piezas que conforman Gramata cellam (Libro para violonchelo) del letón Peteris Vasks, una página de carácter desolado pero de lírica belleza, de una contemporaneidad accesible y atractiva, que apela a recursos innovadores -como esa especie de rápidas oscilaciones de la mano izquierda que provocan un sonido aflautado y etéreo- y en cuya parte central la violonchelista debe acompañar la línea melódica con una extensa vocalización.
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